Omar Bula, designado como ministro de Relaciones Exteriores en el Gobierno de Abelardo de la Espriella, usó una palabra fuerte para describir la herencia que recibe en materia de pasaportes: "desastre". La declaración, recogida por Infobae, marca el tono de lo que será su gestión al frente de la Cancillería.
El foco de la crítica se concentra en el modelo de pasaportes que funcionó durante el Gobierno Petro. Bula sostuvo que ese esquema afectó la credibilidad de los documentos expedidos por el Estado colombiano en el exterior, un punto sensible porque el pasaporte es la principal herramienta de identificación de los colombianos frente a otros países.
La credibilidad del pasaporte no es un tema menor. Miles de connacionales usan ese documento a diario para viajar, trabajar y acceder a trámites migratorios en todo el mundo. Si las autoridades de otros países perciben debilidades en el sistema, las consecuencias las pagan los ciudadanos en filas más largas, más rechazos en frontera y más requisitos adicionales en aeropuertos y consulados.
El Ministerio de Relaciones Exteriores ha tenido a su cargo durante años la expedición de pasaportes a través de sus oficinas en Bogotá y los consulados en el exterior. En los últimos años, la entidad enfrentó quejas por demoras, problemas en la asignación de citas y reportes de irregularidades en la entrega del documento, motivos que suelen alimentar la desconfianza sobre el sistema.
Bula anunció que devolverle la credibilidad a los documentos de identificación será una de sus prioridades. La fórmula concreta que planea aplicar aún no se conoce en detalle, pero el nuevo canciller dejó claro que su diagnóstico apunta a un quiebre en la confianza sobre el modelo que recibió.
El anuncio llega en un momento clave para la política exterior colombiana. El Gobierno de Abelardo de la Espriella apenas inicia su transición, y las declaraciones del jefe de la Cancillería funcionan como una primera señal sobre el rumbo que tomará la cartera. Definir cómo se reforma el sistema de pasaportes será una de las primeras pruebas de esa promesa.
Para los usuarios, el tema tiene efectos prácticos inmediatos. Un sistema más confiable reduce tiempos de espera y facilita la movilidad. Un sistema en crisis, en cambio, golpea a quienes dependen del pasaporte para estudiar, trabajar o reencontrarse con sus familias en el extranjero. La transición hacia un nuevo modelo definirá qué tanto mejora esa experiencia cotidiana.
Quedan varios frentes pendientes. Falta conocer los ajustes específicos al modelo de expedición, el papel que tendrán las sedes consulares y los plazos que se propone cumplir la nueva administración. Las reacciones del sector migratorio y de los usuarios serán clave para medir si la palabra "desastre" se traduce en cambios concretos o queda solo en una declaración de arranque.
