El presidente Abelardo de la Espriella sostuvo un encuentro con los embajadores de Colombia ante Estados Unidos y ante la Organización de las Naciones Unidas, encuentro en el que fijó el tono de la política exterior de su Gobierno, según reportó Infobae. La instrucción central, de acuerdo con la fuente, fue una misión concreta: “hacerse respetar”.
En la reunión, el presidente planteó una agenda con tres ejes: promover la inversión, construir alianzas y defender los intereses del país en escenarios bilaterales y multilateros, con Washington y la ONU como los principales escenarios de la política exterior hacia 2030. La directriz apunta a que la diplomacia colombiana opere de forma coordinada en las dos plazas donde se definen buena parte de las relaciones económicas, comerciales y políticas del país.
Los embajadores ante Washington y la ONU son piezas sensibles del servicio exterior. El primero gestiona la relación con el principal socio comercial de Colombia y con la Casa Blanca, además del Congreso estadounidense, donde se debaten temas que tocan directamente a los colombianos, desde cooperación en seguridad hasta visas. El segundo representa al país en el principal foro global, donde se votan resoluciones, se firman tratados y se negocian agendas de desarrollo, clima y derechos humanos.
La instrucción de “hacerse respetar” marca un estilo que el jefe de Estado quiere proyectar en esos escenarios. En la práctica, eso se traduce en mensajes más firmes frente a Estados Unidos en temas sensibles, por ejemplo la lucha antidroga, la migración o la cooperación judicial. Y en la ONU, en una postura clara a la hora de votar, negociar resoluciones o defender candidaturas colombianas en organismos del sistema multilateral.
Para los ciudadanos, la línea trazada tiene efectos concretos. Una diplomacia activa en Washington puede abrir puertas a más comercio, inversión extranjera y apoyo técnico en regiones afectadas por la violencia. Y una voz firme en la ONU puede fortalecer el respaldo internacional en agendas sensibles para Colombia, como la protección de la Amazonía, la implementación de los acuerdos de paz o la lucha contra el narcotráfico.
El encargo deja abierta una tarea de seguimiento. Ahora se espera que los embajadores traduzcan la directriz en acciones verificables: giras, acuerdos comerciales o de cooperación, posicionamientos en votaciones clave y, sobre todo, una comunicación fluida entre Bogotá y sus dos principales misiones diplomáticas. El Gobierno, por su parte, deberá mostrar si esa línea de “respeto” se sostiene en los temas donde la relación con Washington o con la ONU tiende a ponerse tensa.
En el plano regional, la señal también se lee en clave hemisférica. Una Colombia que se presenta como “respetada” en Washington puede buscar espacios de articulación con otros países de América Latina que comparten su tono frente a Estados Unidos. Y en la ONU, ese mismo tono se puede reflejar en coaliciones con naciones del Sur Global, donde Colombia ha ganado influencia en temas de paz y biodiversidad.
