El presidente Abelardo de la Espriella fue cuestionado tras repartir balones con el logo de su movimiento político entre niños afectados por el terremoto de magnitud 7,4 que azotó a Buenaventura, según reportó Canal26. La entrega se realizó en el marco de la atención a las víctimas del siniestro, uno de los movimientos telúricos más fuertes registrados recientemente en el Pacífico colombiano.
Las reacciones no se hicieron esperar. Sectores políticos y de opinión cuestionaron al jefe de Estado por usar elementos de asistencia humanitaria para visibilizar su agrupación política, en lugar de entregar ayudas sin distintivos de campaña. La crítica apuntó a que, en contextos de emergencia, la ayuda oficial debería estar desligada de los símbolos de cualquier movimiento.
Buenaventura, principal puerto colombiano sobre el océano Pacífico, concentra una población mayoritariamente afrodescendiente y una economía ligada al comercio marítimo. Un terremoto de esa magnitud suele traducirse en afectaciones a viviendas, vías, acueducto y servicios públicos, por lo que la respuesta del Estado se concentra en la remoción de escombros, el censo de damnificados y la entrega de kits de alimentación y abrigo.
El episodio revive un debate recurrente en Colombia sobre los límites entre la labor presidencial en terreno y el proselitismo. Diversos manuales de protocolo recomiendan que, en entregas oficiales, no se incluyan emblemas de partidos o movimientos para preservar el carácter institucional de la ayuda, sobre todo cuando se dirige a población en condición de vulnerabilidad.
Desde la oposición y voces ciudadanas, las reacciones calificaron la entrega como una falta de respeto a las víctimas y a sus familias. En redes sociales y espacios de opinión se argumentó que los niños damnificados merecen una atención sin condiciones políticas y que la acción termina politizando el sufrimiento de comunidades que requieren respuestas concretas en vivienda, salud y servicios.
Desde el movimiento político del presidente, en cambio, se ha defendido la labor de solidaridad con los damnificados y se ha planteado que la entrega de balones forma parte de la presencia directa del jefe de Estado en las zonas afectadas. Sectores afines sostienen que el gobernante se apersonó de la emergencia y viajó a la región para acompañar a las comunidades.
Más allá de la controversia, lo que queda en el centro es la magnitud de la emergencia. El terremoto de 7,4 generó daños materiales considerables en Buenaventura y municipios vecinos, y las autoridades trabajan en la evaluación de infraestructuras colapsadas, la habilitación de albergues temporales y la atención psicosocial a menores y adultos mayores.
Organismos de socorro y entidades territoriales mantienen activos los operativos de búsqueda, rescate y caracterización de daños. Mientras se completan los censos oficiales, la discusión pública seguirá centrada en cómo se distribuye la ayuda y bajo qué criterios, un aspecto clave para preservar la confianza de las comunidades en la respuesta institucional.
En los próximos días se esperan nuevos pronunciamientos desde el Gobierno nacional y desde los partidos y movimientos políticos sobre los protocolos de entrega de ayudas. El episodio deja abierta la pregunta sobre los límites entre la presencia presidencial en zonas de desastre y el uso de símbolos partidarios en medio de la emergencia.
Por ahora, la atención se reparte entre la reconstrucción de los hogares destruidos y el debate sobre la forma en que se ejecutan las ayudas. La ciudadanía espera que la respuesta del Estado se traduzca en soluciones duraderas para los damnificados y que las diferencias políticas no se interpongan en la atención a los menores y sus familias.
