Según el análisis publicado por El Espectador, el Acuerdo Final firmado en 2016 entre el Estado colombiano y las FARC no depende solo de la voluntad del Ejecutivo para ser modificado. La fuente describe que el texto está sostenido por una arquitectura institucional que incluye la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas.
El periódico explica que la JEP fue creada como un componente esencial del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Esa condición le otorga un blindaje especial frente a intentos de supresión, porque su eliminación total implicaría vaciar de contenido una de las columnas del acuerdo original.
Otro de los puntos que destaca El Espectador es que buena parte de lo pactado fue incorporado al ordenamiento jurídico colombiano mediante el Acto Legislativo 01 de 2017 y leyes estatutarias posteriores. Esa vía significa que cualquier reforma de fondo debe pasar por el Congreso de la República y, en varios aspectos, por el control automático de constitucionalidad que ejerce la Corte Constitucional.
La fuente añade que la jurisprudencia de la Corte Constitucional y de la Corte IDH, junto con los compromisos internacionales suscritos por Colombia, funcionan como un cinturón de seguridad adicional. La JEP y el acuerdo están atados a obligaciones en materia de derechos de las víctimas y de lucha contra la impunidad que el Estado no puede descartar de manera unilateral.
En el terreno político, El Espectador recuerda que el Acuerdo de Paz conserva respaldo de distintos sectores dentro y fuera del país. Organizaciones de víctimas, comunidades internacionales y una parte de la clase política han expresado en distintas oportunidades que cualquier cambio debe hacerse con diálogo y no por la vía de la derogación simple.
Para los ciudadanos, el debate importa porque de la JEP dependen los procesos contra excombatientes, terceros civiles y miembros de la Fuerza Pública señalados por graves violaciones a los derechos humanos. Un debilitamiento o eliminación de esa jurisdicción reabriría expedientes y dejaría sin respuesta a miles de víctimas que esperan verdad y reparación.
El análisis también señala que una reforma ambiciosa tendría costos en credibilidad internacional. Colombia es escenario de un proceso de paz que es observado por la comunidad global, y modificar sus piezas centrales sin un acuerdo con las partes firmantes podría afectar la cooperación y los compromisos de apoyo técnico y financiero.
En lo inmediato, el artículo describe que el primer reto del gobierno de De la Espriella sería construir mayorías en el Congreso para tramitar cualquier iniciativa. Sin esos respaldos, los proyectos no avanzarían y el intento quedaría en el terreno de la declaración política.
Queda pendiente conocer la postura oficial del nuevo gobierno sobre los puntos concretos que buscaría reformar y si propondrá un diálogo con los firmantes del acuerdo. La fuente sugiere que, dado el entramado institucional, una modificación profunda exigiría consensos amplios y no decisiones unilaterales.
