El presidente electo Abelardo de la Espriella recibió esta semana las credenciales que lo acreditan formalmente como nuevo jefe de Estado de Colombia, según reportó El Colombiano. Con ese acto protocolario comienza de manera oficial el puente entre el gobierno saliente y el que él encabezará en los próximos meses.
De manera inmediata, De la Espriella fijó posición sobre uno de los ejes más sensibles de la política de seguridad nacional: la llamada Paz Total, la estrategia impulsada desde 2022 para abrir conversaciones simultáneas con múltiples grupos armados y estructuras criminales. El pronunciamiento fue directo y en tono de ultimátum frente a esas organizaciones.
La Paz Total fue concebida como un marco de diálogo que diferencia a quienes demuestren voluntad real de desmovilización de aquellos que persistan en el delito. Ese enfoque incluye mesas con el ELN, disidencias de las antiguas Farc y otras bandas, aunque los resultados han sido objeto de fuertes cuestionamientos por la continuidad de hechos violentos en varias regiones.
El hecho de que el presidente electo haya condicionado el diálogo apenas recibido sus credenciales marca un cambio de tono respecto al espíritu inicial de la política. La señal es que, para su gobierno, la disposición a negociar estará sujeta a condiciones explícitas y verificables, en lugar de una oferta permanente de conversación.
El alcance concreto de ese ultimátum depende de decisiones que aún están por definirse. La Paz Total se sustenta en leyes vigentes y en una arquitectura institucional que involucra a la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, a la Fuerza Pública y a distintos ministerios, por lo que cualquier giro de fondo requerirá ajustes normativos y operativos.
Para la ciudadanía, el impacto se mide en dos frentes. Por un lado, en la seguridad cotidiana de las regiones donde actúan esos grupos, especialmente zonas rurales con presencia histórica de organizaciones armadas. Por otro, en la expectativa de comunidades y víctimas que esperan definiciones claras sobre reparación, verdad y protección.
Sectores políticos y académicos venían debatiendo si la Paz Total debía mantenerse intacta, reformarse de manera profunda o sustituirse por un esquema distinto. La intervención de De la Espriella, justo al cierre de la transición, sitúa esa discusión en el centro de la agenda y obliga al Congreso y a las altas cortes a fijar posición.
Lo que sigue en el corto plazo es la transmisión de mando, la presentación del equipo de gobierno encargado del sector defensa y convivencia, y los primeros actos administrativos en materia de orden público. La forma en que esos nombramientos y decretos se concreten dará pistas más concretas sobre hasta dónde llegará el desmontaje de la estrategia actual.
Por ahora, el dato central es que el nuevo presidente llegó al umbral de la Casa de Nariño con un mensaje directo a los grupos armados y una advertencia pública sobre los límites del diálogo. Esa advertencia será una de las primeras pruebas políticas de su mandato.
