El gobierno de Abelardo de la Espriella sostuvo ante NTN24 que la desertificación en Colombia es un problema que ya se está remediando, en declaraciones que el medio recogió en un segmento reciente. La afirmación refleja el tono optimista que la administración quiere transmitir sobre uno de los retos ambientales más sensibles del país.
La desertificación es el proceso de degradación del suelo en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, producto de la acción humana y el cambio climático. Reduce la capacidad productiva de la tierra, afecta la disponibilidad de agua y pone en riesgo la seguridad alimentaria de comunidades rurales. Colombia, por su variedad de ecosistemas, no es ajena a este fenómeno, especialmente en regiones como La Guajira, el Cesar, el Atlántico y algunos sectores del Caribe y la Orinoquía.
En el escenario internacional, el país es parte de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, un compromiso que obliga a los Estados firmantes a formular planes nacionales para frenar la pérdida de suelos. Cualquier pronunciamiento gubernamental sobre el tema se mide, por tanto, no solo en el discurso, sino en la continuidad de acciones técnicas y presupuestales en marcha.
Para la ciudadanía, el impacto de la desertificación se traduce en sequías más largas, pérdida de cosechas, desplazamiento de familias campesinas y presión adicional sobre los acueductos municipales. En departamentos como La Guajira, el desabastecimiento de agua potable y la crisisganadera han sido temas recurrentes en la agenda pública, y cualquier avance o retroceso en la lucha contra la degradación del suelo tiene efectos directos sobre esas poblaciones.
Desde el gobierno no se precisaron, en el extracto disponible, metas concretas, plazos ni montos de inversión asociados a la supuesta remediación. La declaración se limita a transmitir un mensaje de optimismo frente a un problema estructural, sin detallar los indicadores técnicos que permitan verificar si los suelos están dejando de degradarse o en qué zonas se concentran las intervenciones.
Organizaciones ambientales y académicos suelen insistir en que la lucha contra la desertificación requiere acciones de largo plazo: reforestación, manejo sostenible del agua, rotación de cultivos, recuperación de cuencas y acompañamiento técnico a las comunidades rurales. También demandan sistemas de monitoreo permanentes que permitan medir el avance o retroceso del fenómeno con datos públicos.
Instituciones como el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y entidades adscritas como Parques Nacionales Naturales y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales tienen roles específicos en la generación de información y en la ejecución de proyectos territoriales. La forma como estas entidades articulen su trabajo con el discurso del gobierno será clave para evaluar la coherencia entre lo anunciado y lo ejecutado.
Queda pendiente que la administración de la Espriella detalle las políticas, los recursos y los indicadores con los que piensa sostener la afirmación de que la desertificación se está remediando. La sociedad civil y los territorios afectados seguirán atentos a resultados verificables, más allá de las declaraciones optimistas.
Mientras tanto, el tema vuelve a instalarse en el debate público como un recordatorio de que la degradación del suelo no es solo un asunto ambiental, sino también social y económico, con consecuencias directas sobre la vida cotidiana de millones de colombianos.
