El Gobierno nacional confirmó el fin de los diálogos de paz que se venían adelantando con distintas estructuras armadas en Colombia. Según reportó Portafolio.co, la decisión incluye reactivar las órdenes de captura que se encontraban suspendidas, retirar los esquemas de protección asignados a los voceros y cerrar los espacios de conversación heredados de la administración anterior.
Con esta determinación se revierte la estrategia de negociación que estaba en curso y se regresa a un esquema de persecución judicial contra esos grupos. La medida afecta de manera directa a quienes participaban como representantes de las organizaciones armadas en las mesas de diálogo, así como a los equipos de la sociedad civil que acompañaban los procesos.
El cierre de los espacios de diálogo no se limita a la suspensión de las conversaciones formales. También se ordenó el desmontaje de la logística asociada, como oficinas, esquemas de seguridad y garantías judiciales que habían sido habilitados para facilitar las negociaciones. Esto significa que las condiciones bajo las cuales los voceros venían participando dejan de estar vigentes.
En materia de protección, la decisión implica que los esquemas de seguridad personal asignados a los negociadores serán retirados. Estas medidas habían sido otorgadas como parte de los compromisos para garantizar la integridad de quienes se sentaban en la mesa, por lo que su levantamiento cambia las condiciones de seguridad de esas personas.
La reactivación de las órdenes de captura significa que los miembros de esas estructuras que estaban suspendidas para permitir el diálogo vuelven a tener pleno vigor. En la práctica, las autoridades de justicia quedan habilitadas para ubicar, capturar y judicializar a quienes estén vinculados a estas investigaciones.
El giro en la política de paz se produce en un contexto de debate sobre los resultados de las conversaciones anteriores y sobre la pertinencia de mantener mesas activas con grupos armados. Sectores políticos y sociales suelen dividir sus posiciones frente a estos procesos, con argumentos que van desde la necesidad de buscar salidas negociadas hasta la exigencia de mayor firmeza judicial.
Para la ciudadanía, el cambio se traduce en un escenario distinto en zonas donde las estructuras armadas tienen presencia. Las comunidades que esperaban que los diálogos trajeran desescalada ahora enfrentan la posibilidad de un recrudecimiento de las operaciones militares y policiales, sin que haya un canal formal de conversación abierto.
Queda pendiente conocer el listado completo de las estructuras afectadas y los alcances operativos de las nuevas órdenes. También se espera que las autoridades se pronuncien sobre el futuro de los acuerdos parciales que se hubieran alcanzado y sobre las garantías para las comunidades en los territorios donde operaban estas mesas.
La fuente consultada, Portafolio.co, registra esta decisión como un punto de inflexión en la política de seguridad del Gobierno, al pasar de la búsqueda de acuerdos a la priorización de la acción judicial contra las organizaciones armadas.
