El nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella comenzó a tejer acuerdos con partidos de la derecha tradicional para asegurar gobernabilidad en el Congreso. Según informó EL PAÍS, el Centro Democrático y Cambio Radical figuran entre las colectividades que decidieron respaldar al Ejecutivo desde el inicio de su mandato.
El movimiento responde a un mapa legislativo fragmentado, donde las bancadas suelen ser pequeñas y los proyectos requieren negociaciones constantes. Ningún partido tiene la mayoría absoluta, por lo que el Ejecutivo depende de acuerdos puntuales con distintas fuerzas para aprobar reformas y tramitar el presupuesto.
En Colombia, el Centro Democrático se ha identificado históricamente con posiciones de derecha y una línea de defensa a las fuerzas de seguridad. Cambio Radical, por su parte, ha oscilado entre alianzas con gobiernos de distinto signo y mantiene presencia territorial en varias regiones del país. La convergencia de ambos en torno a un mismo Ejecutivo marca un giro en la correlación de fuerzas dentro del Legislativo.
Para el gobierno de De la Espriella, sumar a estas colectividades significa blindar debates sensibles como el de la reforma tributaria, la reforma a la salud y los proyectos de seguridad y defensa. Las mayorías parlamentarias se vuelven decisivas en los primeros meses, cuando se definen las reglas del juego fiscal y se tramitan las leyes del Plan Nacional de Desarrollo.
La decisión también reconfigura la oposición. Otros partidos, principalmente de izquierda y centro, deberán evaluar si mantienen una línea de independencia frente al Ejecutivo o buscan acuerdos temáticos. En la historia reciente del Congreso colombiano, los bloques rara vez actúan como un solo cuerpo y las coaliciones suelen construirse proyecto por proyecto.
Desde la óptica ciudadana, el alineamiento tiene efectos prácticos en la velocidad con la que se tramitan las iniciativas. Un Ejecutivo con mayorías estables puede aprobar leyes en menos debates y reducir la incertidumbre regulatoria para sectores como el financiero, el de telecomunicaciones y el agroindustrial, que dependen de decisiones legislativas.
En el terreno político, la apuesta implica costos y beneficios. Sumar a la derecha tradicional otorga músculo parlamentario, pero puede alejar al gobierno de sectores independientes y de movimientos sociales que esperan señales de apertura. El equilibrio entre ambas audiencias marcará el tono del primer año de gestión.
Quedan varios interrogantes abiertos. Falta conocer si otros partidos, como el Liberal, la U o sectores del Verde, se sumarán a la coalición oficialista o actuarán como bloque independiente. También está por verse el nivel de disciplina interna: las coaliciones en Colombia suelen fracturarse cuando se discuten temas como las regalías, el orden público territorial o las reformas sociales.
Por ahora, el nuevo Ejecutivo arranca con un capital político relevante: dos partidos de peso lo acompañan desde el primer día. La prueba de fuego será traducir ese respaldo en votos concretos cuando la agenda económica y social llegue al Capitolio.
