El Valle del Cauca queda en el centro de la agenda de seguridad del gobierno que comienza. El nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, recibe un departamento con múltiples factores de riesgo activos que se han acumulado durante los últimos años y que hoy preocupan a gremios, Alcaldes y líderes comunitarios, según reporta ELTIEMPO.com.
Cali, capital del departamento, concentra buena parte de los indicadores críticos. La ciudad registra disputas entre estructuras vinculadas al narcotráfico y bandas locales que se disputan el control de barrios y corredor comerciales. Esa fragmentación ha generado hechos violentos recurrentes y ha alterado la vida cotidiana de sectores enteros de la ciudad.
El problema no se limita a la capital. Municipios como Buenaventura, Jamundí y Tuluá han sido escenario de confrontaciones armadas, confinamientos y desplazamientos forzados, de acuerdo con los reportes que citan organizaciones de derechos humanos y medios locales. La situación afecta a comunidades afrodescendientes e indígenas que habitan zonas rurales de difícil acceso.
La extorsión y el sicariato son las dos modalidades que más pesan en la percepción de los ciudadanos, de acuerdo con encuestas recogidas en el Valle del Cauca. Comerciantes, transportadores y pequeños productores han denunciado cobros irregulares y amenazas directas, lo que ha llevado a varios a reducir horarios de atención o cerrar negocios.
El Valle del Cauca también es estratégico para el Gobierno nacional por su condición de corredor hacia el Pacífico y por el papel del puerto de Buenaventura en la cadena logística del país. Cualquier escalada de violencia en la zona impacta el comercio exterior, la movilidad de carga y la inversión privada en la región.
La Fuerza Pública mantiene presencia en la zona, pero las mismas fuentes consultadas por la prensa regional reconocen que los resultados han sido desiguales. La articulación entre Policía, Ejército y Fiscalía varía según el municipio, y la confianza de la ciudadanía en las instituciones de seguridad se ha debilitado tras hechos de alto perfil.
En este contexto, los analistas consultados por ELTIEMPO.com señalan que el nuevo Gobierno deberá definir con claridad la estrategia para el Valle del Cauca. Las opciones van desde reforzar las capacidades de inteligencia, hasta una intervención más directa sobre las finanzas del narcotráfico y la protección de liderazgos sociales.
Los sectores productivos insisten en que la seguridad es una condición previa para la llegada de inversión y la generación de empleo. Dirigentes gremiales y sociales han pedido al presidente entrante que priorice el diálogo con Alcaldes, Gobernadores y líderes comunitarios para construir una hoja de ruta regional.
El reto inmediato pasa por contener la violencia sin afectar los derechos de las comunidades, en una zona donde la presencia del Estado ha sido históricamente limitada. La forma en que el Gobierno de Abelardo de la Espriella asuma este frente marcará el tono de los primeros meses de su Administración frente a uno de los territorios más vigilados del país.
