El presidente Gustavo Petro retomó este jueves su denuncia de fraude en las recientes elecciones y aseguró, una vez más, que existieron irregularidades en el conteo de los votos. La declaración la hizo en un espacio público en el que mostró unos algoritmos que, según él, demostrarían la manipulación de los resultados, según reportó Revista Semana.
La argumentación técnica no convenció a buena parte de la opinión pública. Incluso figuras y sectores que respaldaron la campaña de Iván Cepeda en la primera vuelta salieron a cuestionar la seriedad de las pruebas presentadas por el presidente. Para varios de sus antiguos aliados, los algoritmos expuestos no tienen sustento técnico verificable y resultan inentendibles fuera de un círculo cercano al Gobierno.
La ola de rechazo creció con el paso de las horas. Dirigentes políticos, analistas y columnistas coincidieron en que un presidente en ejercicio no debería sostener una denuncia de fraude sin evidencia pública contrastable. En redes sociales y en medios de comunicación circuló el mensaje de que Petro no merece ser el líder de la oposición tras su salida del poder, precisamente por la forma en que cuestiona el proceso democrático.
El debate se produce en un momento sensible para la institucionalidad colombiana. El sistema electoral del país es administrado por la Registraduría Nacional y los resultados son auditados por testigos electorales de todos los partidos y por organismos de control como la Procuraduría y la Contraloría. Hasta el momento, ninguno de esos actores ha anunciado hallazgos que respalden una denuncia de fraude a la escala que sugiere el presidente.
Para la ciudadanía, la controversia abre una pregunta concreta: si hubo irregularidades, ¿cuáles son los canales formales para denunciarlas y probarlas? Las misiones de observación electoral, los recursos ante el Consejo Nacional Electoral y las acciones judiciales son las rutas establecidas. La discusión pública, en cambio, suele quedarse en el terreno de la opinión y de las redes, donde circulan versiones sin verificación.
Desde el lado del Gobierno, la posición oficial ha sido mantener la denuncia y exigir auditorías independientes. Petro ha sostenido que los algoritmos mostrados son una primera entrega de un ejercicio de veeduría ciudadana y que aún está en curso la recopilación de más datos. Otros miembros del oficialismo han pedido prudencia y han evitado respaldar de manera explícita las acusaciones del presidente.
En la oposición y en sectores independientes el tono fue más duro. Argumentan que un jefe de Estado que denuncia fraude sin pruebas aceptadas por las autoridades electorales pone en duda la legitimidad del ganador y desgasta la confianza de los votantes en las instituciones. Algunos analistas recuerdan que Colombia ha vivido episodios de cuestionamientos electorales en décadas pasadas y que siempre se resolvieron por la vía institucional, no por la presión política.
Para Abelardo de la Espriella, quien aparece mencionado como el triunfador en el proceso que Petro cuestiona, la controversia se traduce en un desafío doble. Por un lado, enfrenta el escrutinio habitual de cualquier gobierno que arranca funciones. Por el otro, debe hacerlo mientras el presidente saliente sigue sin reconocer públicamente el resultado, lo que dificulta la transición y la construcción de consensos políticos en el Congreso.
Lo que viene en los próximos días es clave. Si la denuncia de Petro se acompaña de acciones formales ante las autoridades electorales, el país tendrá un escenario institucional para dirimir el debate. Si se mantiene solo en el plano del discurso público, el riesgo es que la conversación sobre el fraude opaque los problemas de fondo que la ciudadanía espera que el nuevo gobierno atienda: seguridad, economía, salud y empleo.
Por ahora, el hecho concreto es este: el presidente volvió a hablar de fraude, mostró unos algoritmos que ni sus aliados más cercanos supieron explicar, y abrió una nueva grieta con sectores que hasta hace poco lo respaldaban. La fuente de esta información es la Revista Semana.
