Según reportó Portafolio, el gobierno entrante aseguró que no ha participado en reuniones ni ha intervenido en el proceso de selección del próximo contralor general de la República. La declaración busca desactivar las versiones que señalaban una supuesta coordinación de favores con congresistas para definir al sucesor del actual jefe del organismo de control.
La elección del contralor es una de las decisiones institucionales más sensibles del primer año de cualquier gobierno, porque quien dirija ese ente tendrá a su cargo la vigilancia fiscal de los recursos públicos y la responsabilidad de sancionar a funcionarios y contratistas. Por eso, en la práctica política colombiana, el trámite suele generar negociaciones entre el Ejecutivo, el Legislativo y las altas cortes.
El electo presidente Abelardo de la Espriella ha enfatizado en distintas intervenciones públicas su compromiso con la transparencia y el respeto a la separación de poderes. El pronunciamiento sobre el caso del contralor se enmarca en esa línea y ocurre en un momento en el que aumenta la presión para que la actual contralora, Ana Monsalvo, abandone el cargo antes del 7 de agosto, fecha prevista para la posesión del nuevo jefe de Estado.
La solicitud de renuncia de Monsalvo ha sido impulsada por sectores que consideran necesario un relevo completo en los órganos de control al comenzar un nuevo periodo presidencial. Sus defensores, en cambio, han argumentado que el cargo debe ejercerse hasta completar el periodo institucional, como garantía de autonomía frente al gobierno de turno.
En el Congreso ya se escuchan voces que piden un proceso de elección abierto, con audiencias públicas y la publicación de las hojas de vida de los aspirantes. La Contraloría General, como órgano encargado de la vigilancia de la gestión fiscal, depende en buena medida de la legitimidad con la que llegue su titular, y esa legitimidad se construye tanto en la meritocracia como en la percepción ciudadana.
El debate también toca a la Comisión Primera del Senado y a la Corte Constitucional, que históricamente han participado en la conformación de las ternas y en la elección final. Cualquier acuerdo o desacuerdo entre estos poderes termina afectando la velocidad del trámite y la calidad de la vigilancia fiscal sobre entidades como Minhacienda, los ministerios del sector social y las entidades territoriales.
Para los ciudadanos, la discusión tiene efectos prácticos: el contralor define qué contratos y Programas de Desarrollo y Paz se auditan, cómo se investigan los hallazgos de la Dian y qué funcionarios responden por detrimento patrimonial. Una elección cuestionada, sea por injerencia o por omisión, erosiona la confianza en el control a la corrupción.
El gobierno entrante insistió en que respetará la independencia del Congreso y de las cortes en la selección. Mientras tanto, la presión sobre Monsalvo continúa, y el calendario legislativo de las próximas semanas será clave para definir si se concreta un relevo anticipado o si la actual contralora permanece hasta culminar su periodo.
Queda pendiente conocer si el Congreso convocará audiencias públicas, si la mesa directiva del Senado fijará fecha para la votación y qué nombres harán parte de la terna final. Ese será el siguiente capítulo de una controversia que ya instaló en la opinión pública la pregunta sobre quién vigila a los que vigilan.
